Todo progreso requiere un cambio. Las organizaciones, así como las personas, necesitan buscar constantemente ser mejores y poder responder con flexibilidad a las exigencias de su entorno.
Este entorno, cada vez más cambiante, exige que las empresas se reinventen constantemente para ser más competitivas y rentables.
El cambio implica un proceso de adaptación. En este proceso las personas (y organizaciones) tendrán que aprender, pero también desaprender. Ellas tendrán que dejar atrás ciertas prácticas habitualizadas para poder adoptar nuevas que los ayuden a ser mejores.
Sin embargo, muchas veces, a pesar de las mejores intenciones de los gestores, los intentos de cambio dentro de las organizaciones fracasan.
La nueva herramienta que se adquirió nunca se utilizó. La nueva manera de trabajo no llegó a colar en los colaboradores y finalmente se regresó a la anterior. ¿Por qué ocurre ello?
Para poder gestionar el cambio es indispensable tener claro cuáles son las etapas que componen este proceso.
Sobre la base del trabajo de Elisabeth Kubler Ross se han desarrollado distintas variantes del modelo del proceso de cambio. Veamos una de estas:
Teniendo en cuenta las etapas de un proceso de cambio, se pueden preparar las estrategias necesarias para que la implementación sea eficiente y exitosa. Salir de la zona de confort será generalmente un proceso con complicaciones, pero es trabajo de los líderes actuar como facilitadores del cambio.